viernes 17 de abril de 2009

Joya del Caller






Joya - Fernando Callero








Cotorras

Unas cotorras calaron con sus picos
esas naranjas caídas bajo el árbol.
Ya no brillan,

están secas y se quiebran,
pero el hueco de sus almas se les forma
todavía        con la cáscara rígida.

Elijo la más perfecta, 
parece una calabaza.
Pruebo hacer un mate dulce y ¡sí!,
quema un poco y se chorrea, pero anda.

Salgo al patio a ver cómo las chicas
practican junto al tejido
el baile flogger.

Hay atrás de todo un cielo enorme. 

La noche se va haciendo con sus risas.










Poema del albañil

El albañil temeroso le escribe confundido en la mente este poema de amor a su compañero y a dios con un estilo chamuyado que aprendió de leer la Biblia en otro tiempo en una granja porque le da vergüenza que le guste tanto el tipo porque los dos tienen familia  = cree matar dos pájaros de un tiro.

No sé qué podría estimularme
más que ser llamado a comparecer
a los pies de tu trono magnífico

si

nada más con verlo vacío
y no tan frío (porque es reciente
el levantamiento de tus muslos
remolones, cuyo calor
permanece)

ya me alcanza para meterme
hormiguitas abajo
del ombligo,
amiguito.

Se nos ha ido la mañana
con la instalación de los artefactos
de baño en los departamentos
del centro,

hasta que por fin pudimos sentarnos
en la cabina a charlar con
un par de cervezas frías
y la radio

y la tarta que hizo tu mujer

con pollo, queso fundido,
huevo duro y zapallito,
cosas que nunca me gustaron
de chico

pero ahora, no sé por qué
me lleno la boca con ese mejunje
de pasto y leche
y te termino diciendo:

¡Qué rico!

¿Escuchás vos también,
o acaso sólo yo
ese insistente temblor
como de los vaivenes de dios
entre las torres?













El pezón de sidra


Uy, primero todos los bancos del parque
pegoteados por los gallos fríos de las tipas
La laja patinada me hacía crujir la goma de los espores
Semejante batería de ángeles gallardos
precipitándose como gotones de un palito helado derretido
Yo después me tomaba un coche motor a La Plata
con el encargo de cortar cañas para hacer collares
En la estación de Plátanos
la siesta era un surtidor caliente desde el pecho combado
que es la única tapa del mundo que intuimos
Un pecho gigante con un pezón que surte sidra tibia ay, es dorada
Venía leyendo una novela rusa sin tapas sin autor
hasta que la novia del muchacho se moría
congelada debajo de un puente del Volga
Yo era feliz, tenía 17 y un amigo me esperaba en Plaza Francia
por el asunto de las cañas para hacer collares
Todo lo que me dijeron las cosas es mi historia
Ellas se fueron apropiando de mí según mis juicios
Pero también yo había heredado una cabeza
y miles de palabras viejas que después cambié por otras.

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